jueves, 30 de julio de 2009

Vestida para jugar 2ª Parte




La visión del rostro de la Dama tras haber permanecido yo tanto rato con los ojos vendados hizo que sonriera como demostración del sentimiento de agrado que sentía tras esos juegos tan eróticos que me había proporcionado y que me habían llevado a un orgasmo sublime.
Su cara reflejaba cierto atisbo de complicidad y la satisfacción de haberme hecho sentir tanto placer. Intuía que también ella se había sentido muy excitada cuando acariciaba mi cuerpo y que había puesto toda su sensualidad de mujer cuando su boca jugaba con el duro pene para hacerme gozar al máximo.
Y ahora la tenía frente a mí mostrándome uvas y fresas, señal inequívoca que incitaba a la continuación de estos juegos eróticos que ardientemente deseábamos practicar esa noche.



Le dije que desatara mis manos de los barrotes de la cama porque en mi mente se había hecho la luz. Esos frutos que tenía en sus manos podrían darnos muchísimo placer.
Sabemos que según la literatura erótica, las fresas son pezones frutales que invitan al amor, porque su sensual color rojo intenso y su atractiva forma invitan a saborearlas y morderlas suavemente. Y respecto a las uvas, en todas las orgías romanas tenían presente esta dulce fruta, que era arrancada de los racimos con la boca. Las uvas se relacionan con placer, la fertilidad y con dioses alegres y festivos como Baco y como Venus.



Me incorporé la de cama y me abracé a la Dama.




Al tiempo que mi mano llevó a su boca una fresa para que la saboreara y lo hizo con satisfacción. Seguidamente puse otra en mis dientes y ella la fue lamiendo delicadamente, despacio.

Su lengua la recorría suavemente, sin prisas, al tiempo que mis manos le iban desprendiendo de su ropa. Primero le saqué el sujetador para acariciarle los tersos pechos que se mostraban desafiantes con los pezones erguidos que invitaban a beberlos, lo que hice con mucho apasionamiento hasta que tomaron una fuerte dureza al succionarles repetidamente.




En un momento bajé la mano hasta su rosita y la noté muy húmeda, lo que me enervó. Ahora mi obsesión era hacer gozar a la Dama. Tenía que llevarla a un estado tal de excitación que pareciera que estaba en la gloria, por lo que continué las caricias en cada rincón de su cuerpo.




La Dama gemía cada vez con más intensidad. Ahora estaba acostada boca arriba con los ojos cerrados del placer que había comenzado a recorrerle el cuerpo como si fuesen descargas eléctricas.

Tomé una fresa y la froté en sus pezones y por el contorno de sus hermosos pechos. Al sentir la rugosidad del fruto sobre la delicada piel de los senos se estremeció y de su boca salieron suaves lamentos.



Los gemidos de la Dama y las contracciones de su cuerpo al sentir las caricias de las fresas me habían puesto muy excitado. Ahora coloqué otra fresa aprisionada entre los labios de su vagina y comencé a lamerla con mi legua…hummmm…era una delicia sentir mezclados el sabor del rojo fruto y los suyos propios.



Terminé por comerme la fresa que tan rica me sabía y ahora la lengua recorría la rosita de arriba abajo, deteniéndome especialmente en el clítoris, al que rodeaba haciendo círculos, lo que ocasionaba fuertes espasmos en la Dama, que exhalaba grititos por las deliciosas sensaciones que sentía cada vez con mayor intensidad.



Y como yo quería que gozara como nunca, agarré uno de los racimos de uvas que conservaban con el fresco del frigorífico y suavemente le fui rozando la vagina con él. Lo hacía delicadamente procurando que frotarla por entero su hermosa rosita y así notara la suavidad de la fina piel de la fruta sobre su ardiente y húmeda piel.



Cuando la Dama sintió el frescor de las uvas rozándole esa zona erógena tan delicada se convulsionó elevando la pelvis varias veces. Había llegado al éxtasis y su deseo se había disparado. Tenía necesidad de vaciarse y aproveché para continuar masturbando su vagina con mi lengua…



Casi de inmediato gimió alto, cerrando sus muslos sobre mi cabeza al tiempo que movía la pelvis de izquierda a derecha mientras estaba sintiendo un tremendo orgasmo en su interior…jadeaba de tanto placer que estaba recibiendo y todas sus contracciones y gemidos me excitaba a mí aún más de lo que estaba.



Delicadamente le abrí las piernas y le introduje mi jugoso y erecto pene. La Dama las alzó dobladas para facilitar una penetración profunda y enseguida comencé a embestirla. Tenía yo que seguir dándole placer y progresivamente fui aumentando el ritmo del mete y saca. Cada vez que volvía a abrirle la rosita ella lo acompañaba con un leve gemido que se unía a mis intensos jadeos.




Esta penetración volvió a excitarnos grandemente. Nuevamente teníamos enormes deseos, acentuados en mí pues intentaba que la Dama gozase como nunca, así que la volteé para adoptar otra postura y la penetré de nuevo por detrás hasta que llegó el momento de corrernos al unísono. Sentimos el orgasmo a la vez y eso nos alegró.





El beso muy apretado que nos dimos a continuación era la muestra de cuánto habíamos gozado mutuamente hasta el momento…porque seguramente esa noche la pasión volvería a desatarse en nuestros cuerpos.